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‘Bestia lectora’: Reseña de Oxford Circus (30/1/26)

«Oxford Circus», de Gerardo Rodríguez Salas (Editorial Visor)

Poemario ganador del III Premio Internacional de Poesía ‘Marpoética’

Portada de «Oxford Circus» de Gerardo Rodríguez Salas (Visor)

«Yo soy el monstruo que os habla». Con esta contudente frase de Paul Preciado se abre el libro Oxford Circus de Gerardo Rodríguez Salas (Editorial Visor). Un poemario que se construye formal y temáticamente como un gran teatro de variedades. Se abre el telón y se extienden ante nuestros ojos múltiples voces que representan la pluralidad asombrosa de la condición humana. No estamos en Londres. Desde el propio título la voz poética se nos escapa. Lo que importa aquí es todo lo que todavía queda por hacer en el mundo, y con la palabra. Un libro raro y exquisito que puede leerse como el mapa contemporáneo más preciso, variado, violento, luminoso. El rastro insospechado del deseo sobre los cuerpos. Y siempre el sueño como una verdad sostenida por la poesía. Un jurado presidido por el poeta Antonio Colinas, y compuesto por los poetas Antonio Lucas, Olvido García Valdés, Julieta Valero, Javier Vicedo, la directora general de Cultura de Marbella, Carmen Díaz, y el editor Jesús García Sánchez (con voz pero sin voto) ha decidido otorgarle a este libro el III Premio Internacional de Poesía ‘Marpoética’, destacando en él «la audacia constructiva de unos poemas que dan voz a algunos de los debates fundamentales de nuestro tiempo, como la identidad de género, apelando al lector a afrontar las aristas de una realidad compleja». Este galardón, ligado al fabuloso festival que se realiza desde hace ya casi una década en Marbella, se ha convertido en sus pocos años de vida en uno de los más prestigiosos de nuestra lengua. Rodríguez Salas se une así a un palmarés integrado por Felipe Benitez Reyes (Los expedientes de la madrugada) y Nadia Fabo Andrés (Consejos de economía doméstica para extremófilos).

Contenido del artículo

Escribir ¿desde dónde?

Me gustaría comenzar por la posición de la voz poética. Siempre resulta interesante entender desde dónde se escriben los poemas, porque eso puede ayudarnos a entender hacia dónde se dirigen. En Oxford Circus la perspectiva de enunciación se caracteriza por la dislocación. Una voz que aparece y desaparece, que se rompe y se eleva, que es intimista y a la vez colectiva. Un niño, una mujer, un nosotres que escarba en la tradición y ofrece una revisión de los mandatos y las condiciones que hacen posible (e imposible) la vida en sociedad. Una decisión estética que perfila un homenaje contundente a la luz que acompaña a las personas marginadas en el país donde todos los sueños deberían cumplirse. Gerardo Rodríguez Salas reconstruye y reescribe la tradición, fundiendo el clasicismo con algunas referencias populares de nuestro tiempo, y proponiendo así nuevas lecturas sobre la forma en que miramos a las demás personas. Y en esta revisión (o revisitación) me parece importante el punto de partida. Gerardo Rodríguez Salas parte de Chantal Maillard para reformular en clave queer, y con cierta osadía, uno de los poemas más increíbles sobre la semilla de la poesía. Leemos: «escribir/ trazar el cerco/ con sangre nómada». A partir de ahí se irá desgranando ante nuestros ojos un teatro de variedades donde la luz está puesta en la construcción de una utopía liberal, cuyo mecanismo más destacado es un juego léxico entre la fragmentación y la desfragmentación, entre la concisión y la elusión.

La dislocación de la voz se manifiesta de dos formas: por un lado, en el modo en el que el yo se colectiviza, una transición que a veces tiene lugar dentro de un mismo poema; por otro, en ciertas marcas en la grafía que denotan interrupción y reescritura (cortes abruptos, tachaduras, silencios prolongados). A través de estos mecanismos, el poeta articula un mapa plural y urbano en el que convergen múltiples identidades que, mediante el intercambio simbólico y léxico, dan forma al universo del poemario. En un mundo que se construye desde el pisoteo del otro y las otras, donde la ambición que nos invitan a cultivar es material y el oído es el órgano que cada vez entrenamos con menos cuidado, este poemario se lee como una denuncia pero también como un canto de esperanza: en todo lo que está cayendo, en todo lo que florece en el desierto, en todo lo que no vemos hay una semilla alucinante de redención y posibilidad. En la denuncia se pone en primer plano la vulnerabilidad a la que quedan expuestas las personas cuando las instituciones las abandonan; en el canto, el genuino triunfo de lo colectivo para hacer frente a la violencia institucional. Estos versos: «somos hijos del frío/ cuando llegamos a un país que no/ nos nombra»; pero también éstos: «somos fogatas lumbres negras/ cuerpos que bailan».

Portada de «Oxford Circus» de Gerardo Rodríguez Salas (Visor)
Un poemario que plantea una utopía disidente

El lenguaje que achica y ensancha el sentido del mundo

Un poema es un pensamiento que busca elevarse. Y aquí ese ejercicio de vuelo se plasma a través del movimiento. La voz poética, en su desesperada búsqueda de sentido, vacila, se contradice, rompe el esquema lógico del lenguaje y establece un juego ambivalente entre economía y desborde. Hay un empeño por la decantanción, cierta brusquedad y cuidado de la precisión, pero también un juego formal con lo que se expande, y es desde ese lugar, desde la forma fragmentaria y desigual donde el poemario adquiere su equilibrio.

Un apunte necesario. Lo que a simple vista podría parecer un desacierto (una característica que rompe con la estética de lo breve y que podría reflejar cierta desprolijidad compositiva) aquí es en realidad una contundente postura estética que, aunque arriesgada, contribuye con el sentido general de la obra. Si vamos a apelar por la diversidad entonces también los poemas deberían llevar esa marca con insistencia, ¿no? A esto habría que sumarle el deseo intrínseco de complicidad lectora: el poeta confía en nuestra sensibilidad e intuición lectora para recorrer nuestro singular camino al entendimiento del hueso del poema y, entonces, la ambigüedad formal deviene apertura de sentido. Leemos: «Solo largos espacios/ largos vacíos llenos/de blanco ruido».

En su empeño por ensanchar el sentido del mundo, el poemario nos invita a participar activamente en la edificación de un sueño colectivo. ¿De qué lado estamos? Constantemente la voz poética nos interpela y nos acerca al borde de las cosas. Somos parte. Somos esa milicia «de estrellas/ sin obispos ni conjeturas/ sin sueños de manzanas/ sin un juicio final/ que nos maldiga». En este poema hay algo importante: reivindicar la libertad es reivindicar la espiritualidad, pero, sobre todo, sacarla de los templos. Y el primer templo es el cuerpo y, como no hay nada más hermoso que la pluralidad, aquí se prefiere la enunciación colectiva. Tal vez sea ésta la defensa más importante y bella de este libro. Los cuerpos que ansían y construyen, que hablan, que llevan su marca y sueñan con otro porvenir. Esos cuerpos que han sido masacrados y negados y amortajados en vida por las voces dictatoriales de las religiones, pero ya no, porque no están solos. «Yo quiero / esta carne / tan sumamente sola / tan llena de conocimiento», leemos. Y también: «aquí no hay nada que limpiar/ aquí nada es sagrado ¿o tal vez sí?».

«Me contradigo. Soy inmenso, contengo multitudes». Con qué claridad nos anunciaba Whitman lo mejor de la poesía por venir. Toda la poesía posterior tendría en el centro al extrañamiento, el yo difuminado en lo plural, también Oxford Circus. Y la elección de la imagen de cubierta es el primero de los pilares que sostienen esta idea. La reproducción de una de las obras más maravillosas de Remedios Varo, «El malabarista o El juglar (El prestidigitador)», una pintura al óleo con incrustaciones de nácar realizada en 1956, cuyo título ya se presta para el descoloque. Y, en el centro, una persona que contiene multitudes junto a ese carrito extravagante donde la sabiduría, la tradición, el poder y la libertad trepanan el sentido. La pluralidad se asienta en el nomadismo y lo deforme, en lo que no puede ser contenido en una forma geométrica.

Reproducción del óleo con incrustaciones de nácar sobre masonita, El malabarista o El juglar (El prestidigitador), Remedios Varo, 1956
Reproducción del óleo con incrustaciones de nácar sobre masonita, «El malabarista o El juglar (El prestidigitador)». Remedios Varo, 1956

Memoria y futuro

Comentaba antes que es un poemario que reescribe la tradición y combina lo literario con lo popular. La aparición de símbolos culturales como podría ser el poema sobre Humpty Dumpty o «Mise en abyme» que retoma la técnica pictórica para trabajar en un juego de espejos del ser con el lenguaje como si fuese un territorio de construcción identitaria. Todas las posibilidades tendidas ante nosotros y sólo tenemos que abrir los ojos. En esta fisión entre literatura y cultura popular se juega la esencia del libro, y es marca de desplazamiento, de mestizaje geográfico y lingüístico, de perspectivas multiformes en lo vital, lo afectivo y lo literario. Hay un extrañamiento que se permea a través de estas acciones y que permite la presencia de cierta condición ambigua y desigual, donde florece todo lo que lo que le pedimos a la vida. La importancia de este libro es que en él nada está quieto, todo está transformándose y cambiando de sitio desde los primeros versos: «escribir// prender la luz/ de una carpa raída».

¿Podría existir cierta tendencia ideologizante en la escritura? ¿Se podría haber trabajado más desde la duda? Quizás. Y, sin embargo, en un mundo que destroza los sueños de tantas personas que no están dispuestas a ceder ante los mandatos y tienen la valentía (todavía infrencuente) de seguir sus sueños, de salirse de la autovía lisa para transitar caminos de tosca y arcilla, este poemario es necesario, y es importante que se haya escrito así, porque sobre ciertas cosas como la libertad y el deseo no tenemos dudas (o, tal vez, no deberíamos). La dimensión política, entonces, de este libro, es en realidad una postura de aceptación y defensa de las libertades, la posibilidad de pensar en las múltiples formas de pertenencia y existencia que podemos construir, las otredades diversas que compartimos esta casa a la que llamamos mundo. Oxford Circus nos invita a mirar mejor lo que nos rodea y estudiar los mecanismos a través de los cuales la sociedad domestica, silencia y ejecuta el deseo. Y es también una invitación a desmarcarse de la redada de la experienca y aprender a «nombrar nuestro deseo/ el banquete/ que siempre nos borró».

«Escribir». Ése es el verbo que articula la savia de este poemario. Nuestro verbo. El mecanismo que hemos encontrado para sobrevivir. La poesía, en ese juego de idas y vueltas, entrada y salida del mundo interior al mundo exterior, es también un gesto de hacer memoria, por eso, aunque pensamos y trabajamos por una utopía donde todos los cuerpos sean libres y sólo puedan ser nombrados desde el «yo soy», tampoco debemos (ni queremos) olvidar la historia, hacer memoria, porque también «yo somos». Por eso este poemario. Estos versos: «no olvidar el ayer/ infestado de cuerpos invertidos/ que sangran». Memoria y futuro. Gerardo Rodríguez Salas nos ofrece un poemario hecho de carne y futuro. Una lectura que merece nuestra atención y que podría iluminarnos en la búsqueda de sentido y realidad virtuosa. Y la luz siempre: «algún día/ habrá un ciclón/ a plena luz/ un saturnal de vientos/ y de gritos de arcilla». Algún día, pero mientras tanto, este libro.

Portada de «Oxford Circus» de Gerardo Rodríguez Salas (Visor)
OXFORD CIRCUS. GERARDO RODRÍGUEZ SALAS. III PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA ‘MARPOÉTICA’. EDITORIAL VISOR. 2026

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