El trauma heredado en Oxford Circus, de Gerardo Rodríguez

Cuánto admiro la versatilidad en los escritores. Los hace únicos y maestros de su oficio, de esa entrega sin cortapisas cuando va en serio. Cuánto admiro la desnudez y la sinceridad a través de versos que reclaman la virtud y la dolencia de las heridas que deja el mero hecho de existir.
Rodríguez Salas apuesta firmemente por buscar una posible reconciliación entre material literario y trauma. Ya lo hizo con Anacronía (Valparaíso Ediciones). Y ahora Oxford Circus (Visor) es el ejemplo relevante de una propuesta estética que intenta poner en crisis las presuntas bondades de lo normativo para hacer visible la diferencia que también sustenta la realidad desde su complejidad cultural: «cuéntame un cuento/ hasta sangrar/ muerde los blandos botones/ quema el chili en lo labios». (pág. 30)
Oxford Circus se construye desde dos mecanismos formales que ponen de relieve la necesidad de hacer tangible y visible a aquellos sujetos que no se atienen a estereotipos de género y cuya mirada sensible no siempre corresponde con lo que se espera de ellos según convenciones y prejuicios.
En primer lugar, el desplazamiento de ese binarismo aparece con la convicción de que el lenguaje poético es el que mejor puede romper con el orden lógico de la sintaxis y añadir nuevas connotaciones a las estructuras semánticas que se dan por cerradas en la lengua y, por consiguiente, en nuestra organización cultural de los referentes: «arrastra mil palabras que cortaron tu cuerpo/ las anega/ resurgen puras/ siente el agua/ escucha su lenguaje/ plic /plic /ploc /ploc» (pág. 75). A partir de esa voluntad de jugar con el discurso lingüístico, los seres distintos, aquellos que son tildados de extraños o incalificables, sujetos que se niegan a seguir los mismos derroteros y convenciones de su comunidad, aparecen en los poemas con esbozos de biografías en las que la violencia y el desconcierto son una constante. Pero también es una constante en el poemario el descubrimiento del envés de las cosas, de otros matices carnales y afectivos, de una corporeidad que se distancia de lo común. Los poemas se adentran en horizontes donde tiene cabida el extrañamiento, la percepción del otro sin las categorías de lo masculino y lo femenino, la apertura a una inquietud que pertenece al mundo y que quiere manifestarse sin animadversión ni revanchismo: «aunque estemos perdidos/ en el oscuro valle/ y sigáis dentro/ de nosotros/ libando eternamente/ nuestra luz». (pág. 48). La epifanía de ese miedo a exponerse tiene que distinguirse entre lo unánime: «somos la sombra de tu historia (…)/ de tu miedo». (pág. 49).
Y, en segundo lugar, esa corporeización de biografías, marcadas por una incomprensión ancestral, encuentran su forma de adecuación al verso a través de la carnavalización de los sujetos. Pero no es una carnavalización que subvierta la realidad, sino que la completa, la prolonga, la enriquece, la carga de resignificaciones.
El fuego, las carpas, la pompa, los títeres, los niños, rosas que cuelgan de rosas, triángulos negros bajo la almohada o las bicicletas forman parte de ese escenario en el que todo el elenco de protagonistas concurre. Y también lo hacen la saña, la lluvia, las alcantarillas, los cirios y los fantasmas. Porque solamente desde la fricción, los extraño, los incomprendidos y aquellos que se sublevan y no acatan las dogmáticas directrices emergen con el lastre del riesgo y la amenaza; auténticos funambulistas que han de salvar el pellejo sin contar con nadie, quizá con la gracia, con la independencia que le otorga su rebeldía personal ante la autarquía de los voceros y los acusadores: «somos hijos del frío/ cuando llegamos a un país que no/ nos nombra» (pág. 27). Y Londres al final de todo, ese resabio anglosajón del que Rodríguez Salas no puede librarse, esa filiación de su poesía a las metáforas de Larkin, Dylan Thomas, Plath o Auden: «escribir/ trazar el cerco/ con sangre nómada/ que excede los renglones/ y contagia el futuro de espejismos» (pág. 15). La vanguardia en el poemario inspira la construcción de unos poemas que aprovechan el espacio para hacer del encabalgamiento y de los mecanismos paralingüísticos formas geométricas que rinden tributo al surrealismo, a ese aluvión de imágenes que, al amparo de mascarada y farsa, se dan cita con la oniromancia: «cursor a la siguiente/ línea al siguiente/ párrafo sin ejecuciones sin/ tabuladores sin/ sangrados» (pág. 35). Lo paralingüístico es también escribir desde los márgenes, aprovechar las fisuras de la lengua, significar desde lo adverso y lo inverso: «we shall overcome/ viviremos en paz/ ¿algún día?». (pág. 52).
Leer y releer Oxford Circus es adentrarse en un ejercicio de desciframiento del sueño, de sus señales, aunque no hay nada de exceso o de críptico en su poesía. Porque todo es tangible en el libro, porque la alienación del sujeto lo es, su estigma, su ensañamiento, su intento de librarse del oprobio: «los dos supimos dónde/ estaba el circo/ de nuestra infancia/ nuestros miedos, las fieras/ de nadie» (pág. 37). Nada es más carnal que ese abuso, pese a que la poesía busque la sublimación de las heridas. Constantes y sutiles. La erosión que nos hace vulnerables. Y lo vulnerable es tan humano como un joven que busca amor en su cuerpo.