«Oxford Circus»
Publicado el por frutosdeltiempo

Por Fernando Mañogil
Oxford circus (Visor, 2025), el nuevo y flamante III Premio de Poesía Marpoética de Gerardo Rodríguez Salas es un florilegio de poemas con múltiples aristas.
El título del poemario es ya una señal. Oxford Circus: un punto neurálgico del subsuelo londinense, una herida abierta bajo la ciudad, un lugar de tránsito perpetuo. Allí, donde el ruido se multiplica y las identidades se rozan sin detenerse, el poema encuentra su escenario. No es solo una estación, sino una encrucijada: espacio de paso, de máscaras, de vidas que se cruzan sin tocarse, donde conviven el brillo del escaparate y la sombra que se arrastra por los túneles.
Desde el umbral, una voz advierte: “Yo soy el monstruo que os habla”. La cita de Paul Preciado no funciona como epígrafe, sino como espejo. En ella se cifra la tensión que atraviesa el libro: la lucha entre lo normativo y lo excluido, entre la identidad impuesta y el deseo de nombrarse desde otro lugar. El poema se convierte así en territorio de resistencia, en una lengua que se escribe desde la fisura.
“Vodevil”, la primera sección, abre la carpa. El mundo aparece como un circo cotidiano donde lo trivial se disfraza de espectáculo. El yo poético observa, recuerda, duda; también heridas que no cicatrizan. La introspección marca el pulso del lenguaje y deja al descubierto la fragilidad de quien habita la diferencia. Mirar atrás es escuchar el chirrido de una historia áspera, un relato de sombras donde la tolerancia apenas alcanza para respirar. Escribir, entonces, es «trazar un cerco con sangre nómada» y preguntarse, una y otra vez, por el sentido de estar:
«escribir / prender la luz / de una carpa raída / creer que no hay herrumbre / en los rugidos / tras los barrotes / saber que no / nos querrán / aunque vengan a vernos»
En “Burlesque”, el gesto se vuelve más agudo. La exageración y la parodia desnudan la norma y celebran la desobediencia. Leopoldo María Panero y Oscar Wilde emergen como figuras tutelares del desvío, cuerpos y voces marcados por el castigo. En el eco de De profundis, el poema de Rodríguez Salas asume el frío del exilio interior y habla de una infancia prolongada, de un viaje sin término hacia un lugar donde la culpa no trace fronteras:
«venid a vuestro templo / de rotundo antojos / lamed la sangre derramada / sobre un altar de cirios / ingerid / los ciempiés que recorren / en círculos las palmas de las manos / habitad la penumbra de este cerco»
La forma también se quiebra. Los versos abandonan la fila recta, ascienden, se fragmentan, se disuelven en signos, silencios y alfabetos imposibles. La página se convierte en un espacio escénico donde el sentido respira en blanco. En algunos poemas, la palabra se divide para nombrar a los padres desde orillas enfrentadas, como si la educación sentimental fuera un territorio escindido que aún reclama reconciliación.
“Teatro de sombras” avanza en fragmentos, como una memoria astillada. Allí el poema alza su queja: alguien bebe la luz desde dentro, alguien invade el espacio íntimo. El paisaje cotidiano se vuelve extraño, cargado de un significado nuevo. La historia que se cuenta es mínima y esencial, del tamaño exacto del yo, sostenida por un sueño que tropieza una y otra vez con lo finito:
«somos las sombras de tu historia / una abstracción / de cuerpos apilados en la orilla / de tu miedo / el eco de un dolor que aún / susurra a tus espaldas»
La identidad sexual atraviesa el libro como una corriente subterránea. La voz de Pedro Lemebel —“No soy un marica disfrazado de poeta”— irrumpe para reclamar el origen, la palabra sin máscara. El lenguaje se convierte en cuerpo y en herida, en lugar de búsqueda y afirmación. La linealidad se rompe: el sentido avanza a saltos, entre pausas, quiebros y desvíos sonoros:
«nunca estaré contigo / cuando escondas tu herida / persiguiendo una historia de princesas / no te protegeré de los insultos / ni besaré tu rostro / ni templaré tus suspiros / nunca estaré a tu lado / cuando me necesites / […] y tú nunca sabrás quién soy / cómo sería amarme / no me verás besar al príncipe de tus sueños / ni anhelar el abrazo / que no te di / nunca / no saldrás del ayer / no me verás feliz»
En “Extravaganza”, última sección, el verso se abre de nuevo al vacío, dejando que el silencio complete lo que no puede decirse.
Oxford Circus es un libro de riesgo y conciencia. En diálogo con la herencia neocreacionista de Vicente Huidobro, Gerardo Rodríguez Salas se aleja del realismo para construir un imaginario propio, donde la emoción nace de lo simbólico y lo onírico. Su forma de encajar en el puzle poético es esta, sean bienvenidos a este circo, acérquense a esta propuesta literaria, pasen y lean…