Reseñas

‘EPOS: Revista de Filología’: Reseña de ‘Anacronía’ (por Dídac Llorens)

El 15 de diciembre de 2020 la revista académica EPOS: Revista de Filología publicó su número 36 (2020). Esta revista, fundada en 1984, recoge en esta ocasión una reseña sobre mi libro de poemas Anacronía del profesor de la UNED Dídac Llorens Cubedo (pp. 203-205). Gracias por esta generosa lectura y por dedicarme un espacio en vuestra revista.

Rodríguez Salas, Gerardo, Anacronía, Granada, Valparaíso, 2020, 88pp.

El poema “Alma ausente” (1935) de Federico García Lorca nos conmueve con el martilleo de su estribillo: “porque te has muerto para siempre”. No he podido evitar oírlo al leer Anacronía (2020), de Gerardo Rodríguez Salas, un libro de clara intención elegíaca: el autor lo dedica “a mi hermano Javi, que nunca cayó del todo” (p. 9). Podría haber un eco deliberado del verso lorquiano al principio de “Sirenas”: “No conseguí decir que estabas muerto” (p. 23; énfasis en el original). Esta negación pasada que es una afirmación presente (esta anacronía) condensa el sentido profundo del poemario: la pérdida traumática puede asumirse y aliviarse (quizás sublimarse) a través de la expresión poética.

La caída del hermano en “la calzada, / que olía a sangre y gasolina” (“Sirenas”, p. 23) se prolonga indefinidamente como imagen poética, como si quisiera negarse su rotunda muerte “para siempre”. Es la imagen visual clave del libro, reforzada por su portada (tomada del cuadro Falling Man, de James Wedge) y por la cita inicial, que nos remite a la dimensión onírica en la que va cayendo la Alicia de Lewis Carroll: “Down, down, down. Would that fall ever come to an end?” (p. 11; “Hacia abajo, abajo, abajo. ¿Acabaría alguna vez aquella caída?”). También cae el hablante lírico, literalmente en su niñez y metafóricamente, en una caída presente y sin fondo (anacrónica), en “Escaleras”:

Aquel día caí

Y caigo aún

Como aquel niño por las escaleras. (p. 29)

La mayoría de poemas de Anacronía se agrupan en secciones temáticas: “Escaleras” y “Sirenas” pertenecen a la primera, “Ayer”, en que se evocan travesuras infantiles tramadas junto al hermano, recuerdos de su vida y su muerte y la inmediatez terrible del duelo en el seno familiar. Antes de “Ayer”, tres poemas preliminares introducen el leitmotiv de un viaje, literal y experiencial, cuyo destino será este libro. De nuevo se sugiere la relatividad del tiempo vivido y revivido: “El viaje puede ser una fuga al pasado / un ascenso sin alas al punto de partida” (“Lobo”, p. 15).

Alicia teme atravesar la Tierra en su incesante caída, atraviesa un espejo para acceder al otro lado, como parece querer recordarnos el poema “Reloj”: “Vuela el reloj al otro lado / lejos del tiempo” (p. 27). El viaje físico de Anacronía lleva al poeta a las antípodas; tras su metafórica caída, nos descubre un territorio extraño y fascinante. Como nos indica en una nota, los poemas que componen la segunda sección del poemario (“Ausencia”) “trazan una cartografía neozelandesa” (p. 35), evocando lugares, motivos de la mitología y el folclore maoríes, referentes de la cultura contemporánea como Katherine Mansfield o Jane Campion. Estos poemas deben leerse junto a las imprescindibles notas aclaratorias de la sección “Cartografías”, al final del libro.

No es un viaje sin equipaje, y el sentimiento elegíaco tiñe algunos poemas de “Ausencia”. Así, en la última estrofa de “Christchurch”, que lleva el título de una de las principales ciudades de Nueva Zelanda, resurge lo irremediable de la pérdida y de la caída, en el tiempo irreal del sueño:

Una noche soñé

que no estabas conmigo,

que temblaba la tierra y engullía

las baldosas de aquel antiguo yo

que lapidaron

los escombros letales de mi mente. (p. 46)

Unas páginas más adelante, los dos últimos versos del poema “He Wawata” (también el título de una popular canción de amor neozelandesa), nos golpean con una sencillez que contrasta con las elaboradas imágenes de las estrofas anteriores: “Hermano, ¿dónde estás? / ¿Volverás algún día?” (p. 57). El viaje es paralelo al duelo, pero acaba resultando regenerador y terapéutico, una odisea personal (el primer poema de la secuencia lleva por título, precisamente, “Odisea”). El hablante lírico no flaquea y se identifica con un “Guerrero maorí”, en el poema del mismo título: “pese al dolor opaco”, pese al anonimato del recién llegado, “estoy aquí” (p. 44).

En la tercera sección de Anacronía, el poeta ha vuelto a Granada, su tierra natal. Los poemas de “Porvenir” son paradas en puntos emblemáticos de la ciudad que les dan título (“Real Chancillería”, “Generalife”, “Hotel Reúma”, etc.) y están infundidos de un mayor optimismo. Parecen escritos por un paseante que redescubre lugares familiares, que se reubica en ellos después de haber estado muy lejos, que conecta el presente y el pasado de una ciudad histórica (otra anacronía, podría argumentarse). También sus espacios emblemáticos son acogedores y curativos, como sugiere el final de “Escalera de agua”:

no bajo los peldaños, ni lloro por tu ausencia,

pues soy gota del río cristalino

que, fundida en tus dedos, abraza la ciudad. (p. 74)

El último poema de “Porvenir”, “Semáforo”, surge de una pequeña epifanía urbana y sus dos últimos versos sentencian: “El viaje nunca acaba / porque nunca te fuiste” (p. 75). Aunque el hermano haya muerto “para siempre”, “nunca cayó del todo” porque no ha sido olvidado. Los versos que cierran el libro nos dejan con esa certeza:

El recuerdo es la sombra

Torpemente zurcida a los talones

Y el olvido la piedra

Que no termina nunca de caer. (“Nunca”, p. 79)

En cuanto al lenguaje, su economía y precisión contienen la sinceridad poética que late en Anacronía. La aparente sencillez del estilo se va adaptando de manera efectiva a la intención de cada poema: la narración en presente de “Sandía” (p. 22), el juego de voces en “Lejía” (p. 24), el uso de la segunda persona y la estructura de canción de “Urdidor” (p. 25), el enfoque ecfrástico de “Cortinas” (p. 30) y “Alicia” (p. 54), las preguntas encadenadas de “Dónde” (p. 31), etc. Cabe destacar también la trama de citas poéticas (en su mayoría, de autores andaluces y neozelandeses) que acompañan a muchos poemas, ahondando en su poder de evocación.

Según el diccionario de la RAE, “anacronía” es sinónimo de “anacronismo”, pero también de “intemporalidad”. Anacronía, de Gerardo Rodríguez Salas, aúna brillantemente estas dos acepciones, sirviéndose del recuerdo de un viaje y un regreso sanadores, invocando al ausente que está presente en la memoria.

Dídac Llorens CubedoUniversidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)

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