El filo del alfabeto, Sin categoría

‘La página de los libros’ (Ideal). MANUEL FCO. REINA (15/7/23)

Justicia poética

SERVIDO EN FRÍO

Manuel Francisco Reina. Madrid, Visor, 2022

Reina dedica su último poemario a la venganza, un tema visceral y universal—«ese fiero sentimiento/salvaje y animal como nosotros»—que nos ha regalado icónicos personajes desde la antigüedad clásica o la Biblia hasta la literatura moderna y contemporánea: Némesis, las Erinias, Orestes, Electra, Medea, Yahvé, Hamlet, el capitán Ahab, los narradores de Poe o el Conde de Montecristo. Esta voz poética urde su venganza al más puro estilo romántico inglés pues, como sugiere el título, lo hace desde la reflexión y la visceralidad recordadas en la tranquilidad de la evocación del pasado. Frente a la justicia humana, se busca una justicia poética, la venganza a través de la retórica del lenguaje con «el justo adjetivo», «la palabra como brújula firme», el armónico y preciso ritmo de esta poesía con predominio del endecasílabo.  

            Reina recurre a referencias bíblicas y un sarcástico tono sentencioso, que parece cuestionar la lección moral y ancla la tradición cristiana en la actualidad—«cuánto fariseo contemporáneo». De este modo, nos hace participar del deseo de venganza más irracional—todos fuimos Dantés «en nuestro foro más interno»—al que da rienda suelta combinando la mejor oratoria con las cicatrices emocionales. Frente a los siete pecados capitales del amado traidor—dedica un poema a cada uno de ellos—el apartado de «Disimilitudes» enfatiza las virtudes de la voz poética, la perfecta antítesis para marcar distintas personalidades y opciones vitales.

            El poemario nos adentra en un viaje de reparación y, así, en la sección final, la voz poética confiesa: «Descargo el corazón en mis poemas/por sanar el veneno inoculado». Frente al mensaje de hermandad y perdón que propone el Nuevo Testamento, este yo poético escoge ser «políticamente incorrecto» y «desearte el mal mismo que causaste». Las fórmulas lingüísticas de la Biblia se reutilizan con un significado pasional y terrenal: tras leer «la letra pequeña del Evangelio/entendí que no soy un mártir ni un mesías». Frente al en verdad te digo de Jesús, que vaticina la espiritualidad y el perdón para entrar en el reino de Dios, aquí esta expresión se liga a la venganza—«ya no te conozco»—y la palabra de esta voz poética se torna «resurrecta» frente a los falsos profetas. De hecho, en estas páginas no hay perdón de los pecados, a pesar del poema de este título. Ésa es la «evangélica prerrogativa» de esta voz lírica, que desea al parásito emocional a quien se dirige no encontrar alivio en su «continuo presente».  

            Este ángel caído, sin alas, ha perdido la fascinación del Satán de Milton o del Heathcliff de Brontë y acaba servido en frío, en bandeja de plata, a esta Salomé contemporánea, que besa sus labios «exangües ya de pálpitos» mientras nos lanza una mirada cómplice, que no nos convertirá en piedra.

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