Habitar la ausencia
LA PUERTA DE MI CASA
Marga Blanco. Granada, Sonámbulos, 2022
Con frecuencia la casa, tal y como nos decía Gaston Bachelard, es un símbolo de protección y seguridad, un espacio que guarda con celo quiénes somos. Sin embargo, Marga Blanco nos invita a cruzar la puerta de la suya, dejando la coraza sobre la acera, para plantar cara a los fantasmas de la ausencia, cuestionar la identidad en la que creíamos, aprender a vivir en el nomadismo.
En un ejercicio de impecable arquitectura, Blanco organiza sus versos en tres espacios bien diferenciados. Tras la invocación inicial en la puerta de entrada, de la que pasa de largo la felicidad, nos adentra en las vísceras de la casa para, posteriormente, salir a los espacios abiertos del patio de atrás y la terraza.
La maternidad permea el libro. La primera parte, «Puerta adentro», es la más introspectiva y explora la temprana pérdida de un hijo a través de un catártico proceso de reparación, donde «el dolor verdadero», como indica la cita de Claudio Rodríguez, «no hace ruido». Es entonces que esa casa, aparentemente impávida, se revela repleta de fantasmas, de silencios no reparados. El espacio tangible del hogar contrasta con los vacíos rituales de una eternidad que se cuestiona y el dolor punzante produce imágenes insólitas como un «treinta y dos de octubre», que trajo las malas noticias, la mueca de dolor tras La Gioconda.
En «Patio de atrás», un verso de Góngora, donde las mujeres son presentadas como «el humo, el polvo, la sombra, la nada», retrotrae al yo poético a recuerdos de infancia y adolescencia en torno a su identidad como mujer. La corporeidad y el deseo femenino son explorados en el seno familiar, en las hermanas y en sus sueños, remarcando la ruptura de su sororidad como resultado de una temprana maternidad. Sin embargo, la espuma del mar simboliza el incontenible deseo femenino al que ellas no renuncian, enredadas «entre las espumas para alcanzar un combatiente de pequeñas sombras», más allá de las miradas sentenciadoras de la iglesia, sumidas en «un purgatorio sin pecado».
Tras recuperar este deseo «intacto» de la memoria, la tercera parte, «Terraza», abre con «Adviento», la preparación para un nuevo nacimiento más allá de la ciudad y sus miserias. Abrazando ahora la maternidad, se propone un viaje en busca de unos gatos que maúllen y una niña que nombre y bautice el mundo. Desde esta terraza podremos ver, como sugiere la cita de Muñoz Rojas, lo que nunca hemos visto y dejaremos de ser «perros con cadena». Por eso, el libro cierra con el poema «La mudanza». Atrás queda una casa, que sigue habitada por la ausencia, que nunca olvidaremos, mientras las montañas «adquieren otros nombres» y caminamos, firmemente, hacia el ocaso.
