El filo del alfabeto

‘La página de los libros’ (Ideal). JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE (9/7/22)

Clamor de igualdad

UNA INTERPRETACIÓN 2001-2021

Joaquí Pérez Azaústre. Granada, Esdrújula, 2021

La editorial Esdrújula rescata Una interpretación, la ópera prima que le valiera a Joaquín Pérez Azaústre el Premio Adonáis en 2001. Esta reedición demuestra que el «dolorido sentir» de aquellos versos es atemporal. Gracias al prólogo de Pere Gimferrer, la nota del autor y los epílogos de Raquel Lanseros y Ana Castro, el libro cobra nueva vida—«siempre caduco y vigente siempre».

            Hay un regusto al illud tempus del mito y del cuento de hadas—«Hubo aquí alguna vez una gran guerra»—pero lejos de una visión idílica. Una hermosa muchacha despierta tras un largo sueño en plena posguerra, sin príncipe azul y enfrentada a desiertos de polvo y silencio, a su propia sombra que «está tan sola que no es sombra», y un niño despierta con el sonido de la lluvia—imagen recurrente—que lo llama tras la puerta acechando como el hombre del saco.

            Azaústre se acerca al pasado desde la ausencia y, al igual que Pascal Quignard en su ensayo sobre Butes, cede la silla a los disidentes y fantasmas del pasado para entender el presente y repensar el futuro. Azaústre explora la ausencia del padre, víctima de patriotismos y estériles conflictos. La voz narrativa es parte del trauma transgeneracional y su escritura se transforma en legado. Estos poemas reescriben el mito de Moldred y, aunque aquí también ha vencido a su padre, el rey victorioso, asistimos a «la hora del hombre y su gran gesto», un hombre que baila con la sombra del padre lejos de mitos e idealizados caballeros.

            En el libro se suceden imágenes recurrentes y contradictorias. Entre ellas, la más destacada es la lluvia, que permea cada verso y representa los estragos del diluvio o del silencio que cala y destruye—«el pueblo tras la lluvia ya no es pueblo». Pero también puede ser un agua reparadora, una «lluvia lenta/que escapa de las horas y entreteje/la historia». Tras una imagen devastadora del entierro de los hijos—cuyas tumbas ha borrado la lluvia—aún hay sitio para una nueva genealogía, nuevas raíces, nuevos frutos.

            La fiesta y la luz son otros dos tropos centrales. Estos versos buscan recuperar la gran fiesta comunitaria y, aunque la luz se ha apagado temporalmente, se insiste en los lazos transgeneracionales a través de un peregrinaje bajando la cuesta de la luz que se torna en subida. El resultado es «nuestra fiesta/de huérfanos que sueñan con el mar», «hombres que están solos» pero que unen sus luces y ascienden rompiendo la jaula para volar libres. Nace pues un nuevo sol para el viejo mundo, una casa abierta, un jardín donde dios «se hizo mujer por unos días».

            Azaústre nos regala, de nuevo, un lugar azul donde abrazar nuestro pasado. Y es un lugar que no está lejos.

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