El filo del alfabeto

Prólogo: No habrá cesado el rito (Raúl Alonso)

Raúl Alonso. No habrá cesado el rito (Aliar ediciones, 2021)

LA VIDA EN JAQUE

Al cruzar el espejo, la Alicia de Lewis Carroll descubre que la vida es una enorme y disparatada partida de ajedrez. Esta imagen recurrente en la literatura nos ayuda a entender nuestra existencia y así la encontramos en Leopoldo Alas («Entierro. Discurso de un loco»), Unamuno (Novela de don Sandalio), Navokov (The Defense), Beckett (Murphy), Faulkner (Knight’s Gambit) o Borges (El ajedrez). De este último Raúl Alonso toma prestado el título de este poemario ―el tercero en su carrera literaria, tras Urbano y Lo amargo por miel― a partir de la siguiente cita del libro de su paisano argentino: «Cuando los jugadores ya se han ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito».

            No habrá cesado el rito se incardina en la tradición poética de la búsqueda de identidad a través del (des)amor y, aunque utiliza imágenes recurrentes como la lluvia, el agua, la nieve, las lágrimas, las alas o el mar, lo hace desde el extrañamiento ― ostranénie en Shklovski― por lo que la lectura de estos poemas nos sorprenderá, nos hará reflexionar sobre el amor y nuestra propia existencia efímera, pero con destellos de ironía y con la frescura de un poeta que ha sabido dotar el imaginario clásico de inesperadas asociaciones. Al igual que sugiere la cita de Borges, seremos las y los jugadores consumidos por el tiempo, pero Alonso sustituye los peones por unas tiernas hormigas de «ojos gordos» y con «una hojita verde en sus patitas de lápiz» y, en su poema «Nieve», compara nuestro viaje con hormigas «sin destino y sin aliento» que acaban tiradas «pancita arriba» en el parque, «y te echan de menos». Es cierto que en este juego estamos destinados a perder y desapareceremos, pero siempre habrá nuevas partidas, nuevos peones ilusionados, no habrá cesado el rito, aunque siempre tenemos la oportunidad de darle sentido a nuestra pequeñez, a nuestras patitas y nuestras pancitas, para no pasar por el tablero con los pies fríos.

            La insistente imagen de la lluvia se convierte también en metáfora de este juego cíclico y así, en «Absoluto», donde hay una bellísima referencia a La Alhambra de Granada, descubrimos que somos lluvia, nos evaporamos y volvemos a llover en este rito que no cesa, el rito de la vida. Esta conciencia de Tempus fugit pero al mismo tiempo la certeza de que «el tiempo miente» o de que este yo poético no cambiaría la vida de un dios por una hora de plenitud mortal confieren al poemario su propia estructura interna sin divisiones ni apartados. La clave nos la da «Hábito de lectura», donde el cuerpo de la amada se torna en libro: «te prefiero sin índice/sin prólogo/sin capítulos/Me agradaría leerte de un tirón». Y es así que acariciamos esta poética encarnada que nos propone Raúl Alonso.

De este modo arranca el libro entre silencios, puesto que tras el lenguaje cuidado y sutil de estos versos late todo aquello que no se dice, pero que pulsa en cada página. El yo poético se embarca/nos embarca en un viaje interior ―«me arrojo hacia mí mismo/me enrosco/me aprendo»― donde las palabras no reflejan inocentemente la realidad, sino que la crean. En este acto de habla perlocutivo, cuando esta voz menciona la palabra nieve «las calles se vuelven intransitables/caen tristezas sobre los techos». La poesía, con sus palabras encarnadas, se convierte en un proceso de reparación, el pharmakon clásico, veneno y remedio al mismo tiempo, para este cuerpo enfermo de amor: «te quiero como una peste», nos dice el yo poético, «ha muerto el amanecer lleno de vida», pero también «el dolor» y, entre toda esta muerte, «respiro».

Las lágrimas son un motivo recurrente que este yo-varón ha de aprender a gestionar como parte de la reparación. En «Confesión», tal vez por el lastre de la masculinidad hegemónica, todo el poema niega la opción de llorar en un día cargado de acciones inesperadas, un ritual imposible que evita las lágrimas hasta que, «tumbado boca arriba», como las hormigas del parque, «tranquilo y en paz por no haber llorado», nos confiesa que se encuentra «solo muriendo». En «Erudición sobre las lágrimas» reconoce que durante mucho tiempo consideraba que las lágrimas nacían y vivían en los ojos de su madre hasta que hoy, por fin, admite que todas esas lágrimas que observó durante toda su vida «eran mías, propias», «lloré a través de otro/hasta hoy». Tal y como anunciaba al comienzo del volumen y corrobora en «Korrexiones», es un hombre que está aprendiendo a soltar lastre, a llorar sin prejuicios, a «corregir mis correcciones». Por eso, en el poema «Pasos», traza su genealogía y mira hacia atrás para entender esta masculinidad impuesta en los pasos fatigados de su abuelo o los zapatos húmedos de su padre porteño, y es así que entiende su «proverbial cobardía» hasta que decide rebelarse contra el psicoanálisis y matar al hijo de Freud en el poema de este título: «asesinar a ese viejo que me hablaba/por las noches es mi triunfo», nos confiesa, un triunfo pequeño que le hace sentirse «tan poca cosa», pero libre.

El continuo desamor de estos versos se convierte en un proceso de expiación que, en lugar de conducir al ideal de Belleza a través de la escalera del amor del platónico Simposio, culmina en la aceptación de la fisura. Este yo-hombre acepta su vulnerabilidad en «El código», la fisura que le hace tierno y empático, sensible y humano. Y así, cuando se percibe solo, finalmente «respira» y «resiste». Como en el platonismo clásico, es la amada quien desencadena este proceso ontológico de aprendizaje. Es recurrente su imagen pura ―«un lienzo virginal» frente al espejo; «te olí purísima recién salidita de la ducha»― pero ella no es Laura o Beatriz. Los distintos poemas se recrean en imágenes de mujeres ligadas a la tierra, al cuerpo. En «La tierra» anticipa: «sos mujer después de todo/ y tan tierra que ensuciás/ y me vas muriendo». La conexión con Alicia vuelve a surgir cuando en el poema «Espejo» debemos leer al revés un mensaje que nos muestra a este yo-poético como un demiurgo de las palabras que crea su propio mundo, la amada: «Mi arte único eres tú», leemos al revés. En «Eva» hay un guiño a la creación y al pecado original; en «Ariadna y la furia» la inocente mujer regresa enfurecida para recordar el atroz abuso de Teseo; en «Abrazos» el mítico Kraken, convertido en amada, ataca al hombre y le lanza tinta en los ojos. Aunque la amada aparece frecuentemente descrita como un ser alado, esa pureza es parte constitutiva de su corporeidad y sexualidad, como vemos álgidamente en «Llámame V», y el resultado es una mujer alejada del estereotipo petrarquista, de la que prefiere «no conocer su nombre./No me atañe /no me inquieta/Porque la ambiciono libre». Porque es una mujer en plural, contradictoria, el agua que calma su desierto, objeto de su deseo, pero también germen creador, y así en el inteligente «Fe de erratas», se genera un juego en la pareja que escapa a los roles de género tradicionales.

En definitiva, este yo-hombre nos invita a viajar con él, a revisar el mito de Odiseo, a poner en jaque las masculinidades hegemónicas, a volver a casa para descubrir, como ocurre en «Ciudad», que esa fortaleza que conquistó y en la que nadie cuestionaba su reinado, ha sido invadida por «estos seres bárbaros que invaden todo». Y es que, tras el expolio identitario, este hombre galopará «libre de horas sin futuro», sin equipaje. En la pérdida está el tesoro hallado. Concluye esta voz poética que «no hemos nacido para quedarnos». Tal vez la amada se irá pero, como nos dice esta voz con socarrona ironía: «Somos feos pero tenemos la música». Más allá de los rastros de los besos, nos quedará «la vida, por ejemplo». ¿Qué más se puede pedir?

GERARDO RODRÍGUEZ SALAS

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